Colombia 2022: segunda parte

«Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de estas.» (Ap.1:19)

Los sucesos del año 2022 continuaron en forma de visiones. El sueño que se tornaba cada vez más en pesadilla; retazos oníricos que ahora puedo tratar de acomodar en un relato más o menos coherente. Esto también se presentó a mis sentidos:

El mundo laboral

Carlos Sanabria, docente universitario, despierta a las cuatro de la mañana a revisar los indicadores económicos. A las siete en punto toma el turno de la mañana en el Oxxo; sus primeras funciones del día consisten en barrer, trapear y desinfectar las superficies del local, a media mañana se toma un descanso y aprovecha para revisar sus cursos virtuales.

La universidad más importante del país es ahora una aplicación parecida a Duolingo (todavía están trabajando en los gráficos). Allí, Carlos dicta Historia del Arte II, Epistemología, Economía Naranja I y II. Hace tiempo desistió de las videollamadas, porque el Wifi del Oxxo es malo y su supervisor no sabe que él tiene la clave. Además, el ruido termina filtrándose y sus estudiantes se burlan de él o le dan dislikes  en la aplicación.

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Un empleo nunca fue suficiente, pero después de la reforma laboral y tributaria que el gobierno metió mientras todos estaban en sus casas haciendo Tik Toks, dos empleos tampoco fueron suficientes. Es algo que depende del sector, claro, hasta para hundirse el Titanic estaba dividido en “clases”.

La educación fue el sector más fácil de precarizar porque todos los docentes y estudiantes entraron a la fuerza en las “clases virtuales”, que tuvieron algo de resistencia al principio, pero que se establecieron del todo a medida que se extendía la cuarentena.

Después pasó lo de siempre, los mercaderes de la educación se dieron cuenta que sus trabajadores podían «ponerse la camiseta» y ahorrarles a las instituciones elevadas cuentas de energía eléctrica, infraestructura de redes, incluso equipos de cómputo. Cuando terminó la pandemia la economía igual estaba en la peor de las recesiones.

Nunca antes fueron tan ciertas esas frases de patrón: «dele gracias a dios porque tiene trabajito» y «afuera hay una fila de gente esperando su puesto». Y ahí estaba la fila, era real, guardando un metro de distancia, los desempleados se protegían la cara con la copa de un viejo brasier.

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Cuando termina el turno a las siete de la noche, Carlos Sanabria se va a la pensión en la que vive. Revisa de nuevo los indicadores económicos, prepara sus clases, revisa también el extracto del Icetex, una deuda que no disminuye y adquirió años atrás para estudiar un doctorado. Hace varios meses dejó de llorar, simplemente pasó un día y no le dio mucha importancia.

Intenta conciliar el sueño, algo que desde los tiempos del COVID-19 se convirtió en una de las tareas más complicadas del día.

«Estudia, sé el mejor, esfuérzate y serás recompensado». No funcionaba antes de la pandemia y tampoco funciona después. «Es culpa de la economía», dicen los que quieren encontrar culpables rápidos y tan evidentes como un elefante en medio de una habitación de Carlos Sanabria, S.C.L, MFA y Phd.

Ilustración: cortesía de Khalay Chio @chio.oi

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