La pérdida y hallazgo de la fe

(yendo del 'living' a la cama) Parte I

Yo tenía seis años, mi primo Pocho diez o doce, pero en esta historia importa el abuelo que tenía sesenta y dos, doble pensión y un temperamento de los mil demonios que ha sabido apaciguar en sus años de ternura.

Estábamos en el pueblo, cuál, no tiene tanta importancia como decir que los cielos allá son mucho más azules que en cualquier otra parte y que lo rodean montañas y abismos por todos los costados. La señal de televisión llegaba con dificultad por ese entonces, era necesario envolver la antena con papel aluminio o cualquier cosa que se nos ocurriera para mejorar la recepción.

Interferencia constante en la imagen, lluvia e intentos por perderse del todo. Veíamos jugar a la selección Colombia en Italia. El partido era el último del grupo. Perdieron (luchando) contra Yugoslavia, le ganaron bien a Emiratos Árabes y, si no empataban este partido o ganaban, los tendríamos de vuelta en Bogotá con el rabo entre las piernas. Un sólo problema: este partido era contra Alemania (RFA), la de Klinsmann, Illgner, Matthäus y Völler, dirigida por Franz Beckenbauer. Yo no conocía a ninguno (tenía dos años cuando se jugó México 86, el mundial anterior), pero con esos nombres se podía esperar cualquier cosa.

Y sucedió de todo en ese partido. Nunca había visto un arquero tan dedicado como Higuita. Al pobre tipo lo hacían esforzarse cada vez que la delantera germana rompía la confundida defensa colombiana. Los once colombianos no eran malos, pero tenían delante un equipo superior… ¡de lejos! La gente en la tribuna, en su mayoría alemanes u otros europeos (por esa época sólo un puñado de periodistas que no sabían inglés y hacían ridículos intentos por hablar en italiano; industriales; políticos corruptos; los ricos de siempre; y algunos narcotraficantes, tenían plata suficiente como para ir a Italia) esperaba pacientemente a que la liebre se cansara finalmente y fuera devorada por la jauría de lobos que la tenía acorralada.

En Colombia, en el pueblo clavado en las montañas, mi abuelo, Pocho y yo, apretábamos los dientes en silencio  (yo jugaba con mi lengua, a empujar hacia adelante y hacia atrás mi primer diente de leche flojo) esperando que se acabara el tiempo con el anhelado empate. Era el primer mundial de la selección después de 28 años. El abuelo no recordaba esta sensación y para nosotros los jóvenes, era algo nuevo e impresionante. El tiempo se agotaba y se podía acariciar, con las yemas de los dedos, el paso del equipo a octavos de final.

Pero una sombra se apoderó del estadio Giuseppe Meazza, el campo de Milán donde se jugaba el partido. Littbarski, un mediocampista rompió velozmente la defensa colombiana, se llevó arrastrado a un zaguero,  el ‘Chontico’ Herrera (jugador que no le llegaba a la altura del hombro al teutón), pateó de zurda y el balón entró al arco por un ángulo imposible para René Higuita. El estadio se alzó en gritos, “¡Mirad como los lobos han herido a la liebre!”. Littbarski celebraba con su equipo y los locutores colombianos comenzaban con su eterno rosario de diatribas y odas al fracaso. La tribuna de este circo romano (milanés para no fallarle a los geógrafos) felicitaba a los gladiadores y se regocijaba en el espectáculo sangriento. Era el minuto 43 del segundo tiempo.

Mi abuelo tenía tensionados todos los músculos de la cara y en sus ojos azules se veía una ira contenida, algo le iba a estallar. Se levantó sin decir palabra cuando en la tele pasaban la repetición del gol de Littbarski. La selección estaba fuera y él también. Caminó de la sala a su habitación. Portazo. No volvería a salir hasta Navidad lo cual hacía todo más difícil porque estábamos en junio. No le importaron los ruegos de mi primo y míos, nuestra estúpida esperanza infantil que enervaba aún más a mi abuelo y sus 28 años sin saber de un mundial de fútbol en el que se izara la bandera amarilla, azul y roja, esa que él también defendió en sus años de uniforme. Ni mi primo ni yo nos atrevimos a sentarnos en su mecedora. El partido continuó.

Esta historia continuará…

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